Cercano ya a los
setenta y cuatro años
Ebrio de
calendarios, fechas,
La cabeza atestada
de lunarios
De agendas indicando
cuándo cae llorar
cuándo cae reír
como si
preguntáramos cuándo cae la
Pascua.
De relojes de
arena en los que el fino sílice
Pareciera haber sido
sustituido
por familiares y
amigos de toda índole
cayendo en desorden
Y marcando un tiempo
que no sé si me pertenece,
Un tiempo de otros
tiempos.
De agujas que
completan las vueltas a los cuadrantes
Cuando ellas
deciden.
Agujas temerosas
Que presumo retardan
siempre
El momento de llegar
a la vertical
Tanto como
cualquiera de nosotros.
De almanaques con
tacos donde cada noche
Uno tiene que ir
arrancando un poco de energía.
Almanaques sin alma.
De metrónomos nazis
que te marcan una música
Y aunque quieras,
no podés dejar de mover los pies
Ni las manos ni los
ojos ni el pensamiento.
Pero me siento
raro, singular
Como si una
felicidad sospechosa,
Una tímida
felicidad
Tímida como la aguja
del cuadrante
Estuviera
siguiéndome por la calle
Sin siquiera
atreverse
A preguntarme
Qué día es hoy
Falta mucho para que
termine
Cuándo llegará la
noche
Y todas esas cosas
Que quieren saber esas curiosas felicidades.
A veces pienso
Quizá me esté convirtiendo yo también
Quizá me esté convirtiendo yo también
En una pérdida de
tiempo.
Quiza me esté convirtiendo
En tiempo perdido.
Quiza me esté convirtiendo
En tiempo perdido.
